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¿El Rey de la casa?

Existen dos formas de influir en las demás personas y conseguir que pasen a la acción: dar ejemplo y despertar el deseo de hacer y experimentar por uno mismo. A menudo tu hijo no quiere comer, o no quiere vestirse para ir al colegio, ni recoger los juguetes. No quiere marcharse a la cama o ir al colegio. En gran parte nuestra reacción ante estas situaciones determinará la consecución del objetivo. Quizá parezca una tontería advertirlo, pero merece la pena recordar que no podemos esperar que nuestro hijo o nuestra hija de tres, cuatro o cinco años reflexione y reaccione como una persona de nuestra edad.

Es frecuente también que tratemos de convencer a nuestros niños con argumentos del tipo: papá quiere que te hagas grande y fuerte, mamá se pondrá muy contenta si… Pero cuando un niño dice que no, no importa lo que tú quieres. No por insistir mucho responderán mejor.

Siempre que alguien responde con un no, está diciendo un sí a otra cosa. Por ejemplo: te llama tu mujer y te propone ir al cine. Te sientes cansado y en realidad te encantaría quedarte en casa viendo una película en el sofá. Le dices que no te apetece ir al cine, pero dices que sí a tu necesidad de descanso y tranquilidad. La cuestión no es lo que tú quieres que haga tu hijo, la cuestión para empezar a reconducir la situación es lo que quiere él. A qué está diciendo que sí cuando te está diciendo que no. Una vez comprendemos eso, podemos empezar a tratar de vincular y a encontrar puntos de unión entre lo que nosotros queremos y lo que ellos quieren.

Un ejemplo de esto nos lo ofrece Dale Carnegie en su libro “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas.” Unos padres no conseguían que su hija de tres años se comiera el desayuno. Las regañinas, ruegos y promesas de costumbre no habían conseguido nada. Los padres se preguntaron entonces: ¿Cómo podemos hacer para que quiera comer?

A la niña le encantaba imitar a su madre, sentirse mayor y autónoma. Una mañana la sentaron en una silla y dejaron que ella solita preparara su desayuno. Al cabo de un poco su padre volvió a la cocina y la niña le dijo: mira, papá, estoy preparando el desayuno esta mañana. Y esa misma mañana la niña desayunó sin que nadie se lo pidiera, porque estaba interesada personalmente en hacerlo. Había satisfecho su necesidad de sentirse considerada e importante. Había encontrado, en la preparación de ese desayuno, un modo de expresar su propia individualidad.

La escuela tradicional, por ejemplo, consideraba el orden y la disciplina como un fin en sí mismo. Los problemas de conducta dentro del ámbito escolar se abordaban como ofensas personales desde una visión de las relaciones alumno-profesor impersonales, de desconfianza. Actualmente el enfoque educativo considera el aprendizaje desde un punto de vista psicológico y sociológico, más que moral, haciendo hincapié en las relaciones personales, el respeto, la democracia o el afecto. Es decir, se trata de enseñar a los niños y que aprendan, pero sin provocar aversión hacia el aprendizaje. Y también se trata de conseguir orden, pero sin provocar odio. Estos mismos principios son los que resultan realmente efectivos en casa.

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